Pecado mortal [CGC831]
Un cuento algo desconcertante de Silvina Ocampo. Lo vi referido por Marian Enriquez en su breve reseña sobre Silvina Ocampo publicada en el libro Atlas de la Literatyra latinoamericana
Lo copio a continuación
Los símbolos de la pureza y del misticismo son a veces más afrodisíacos
que las fotografías o que los cuentos pornográficos, por eso ¡oh sacrílega! los
días próximos a tu primera comunión, con la promesa del vestido blanco, lleno
de entredoses, de los guantes de hilo y del rosario de perlitas, fueron tal vez los
verdaderamente impuros de tu vida. Dios me lo perdone, pues fui en cierto modo
tu cómplice y tu esclava.
Con una flor roja llamada plumerito, que traías del campo los domingos,
con el libro de misa de tapas blancas (un cáliz estampado en el centro de la
primera página y listas de pecados en otra), conociste en aquel tiempo el placer
–diré– del amor, por no mencionarlo con su nombre técnico; tampoco tú podrías
darle un nombre técnico, pues ni siquiera sabías dónde colocarlo en la lista de
pecados que tan aplicadamente estudiabas. Ni siquiera en el catecismo estaba
todo previsto ni aclarado.
Al ver tu rostro inocente y melancólico, nadie sospechaba que la
perversidad o más bien el vicio te apresaba ya en su tela pegajosa y compleja.
Cuando alguna amiga llegaba para jugar contigo, le relatabas primero, le
demostrabas después, la secreta relación que existía entre la flor del plumerito,
el libro de misa y tu goce inexplicable. Ninguna amiga lo comprendía, ni
intentaba participar de él, pero todas fingían lo contrario, para contentarte, y
sembraban en tu corazón esa pánica soledad (mayor que tú) de saberte
engañada por el prójimo.
En la enorme casa donde vivías (de cuyas ventanas se divisaba más de
una iglesia, más de un almacén, el río con barcos, a veces procesiones de
tranvías o de victorias de plaza y el reloj de los ingleses), el último piso estaba
destinado a la pureza y a la esclavitud: a la infancia y a la servidumbre. (A ti te
parecía que la esclavitud existía también en los otros pisos y la pureza en
ninguno.)
Oíste decir en un sermón: "Mas grande es el lujo, más grande es la
corrupción"; quisiste andar descalza, como el niño Jesús, dormir en un lecho
rodeada de animales, comer miguitas de pan, recogidas del suelo, como los
pájaros, pero no te fue dada esa dicha: para consolarte de no andar descalza, te pusieron un vestido de tafetas tornasolado y zapatos de cuero mordoré; para
consolarte de no dormir en un lecho de paja, rodeada de animales, te llevaron al
teatro Colón, el teatro más grande del mundo; para consolarte de no comer
miguitas recogidas del suelo, te regalaron una caja lujosa con puntilla de papel
plateado, llena de bombones que apenas cabían en tu boca.
Rara vez las señoras, con tocados de plumas y de pieles, durante el
invierno se aventuraban por ese último piso de la casa, cuya superioridad
(indiscutible para ti) las atraía en verano, con vestidos ligeros y anteojos de
larga vista. en busca de una azotea, de donde mirar aeroplanos, un eclipse, o
simplemente la aparición de Venus; acariciaban tu cabeza al pasar, y
exclamaban con voz de falsete: "¡Qué lindo pelo!" "¡Pero qué lindo pelo!"
Contiguo al cuarto de juguetes, que era a la vez el cuarto de estudio,
estaban las letrinas de los hombres, letrinas que nunca viste sino de lejos, a
través de la puerta entreabierta. El primer sirviente, Chango, el hombre de
confianza de la casa, que te había puesto de apodo Muñeca, se demoraba más
que sus compañeros en el recinto. Lo advertiste porque a menudo cruzabas por
el corredor, para ir al cuarto donde planchaban la ropa, lugar atrayente para ti.
Desde ahí, no sólo se divisaba la entrada vergonzosa: se oía el ruido intestinal de
las cañerías que bajaban a los innumerables dormitorios y salas de la casa,
donde había vitrinas, un altarcito con vírgenes, y una puesta de sol en un cielo
raso.
En el ascensor cuando la niñera te llevaba al cuarto de juguetes, repetidas
veces viste a Chango que entraba en el recinto vedado, con mirada ladina, el
cigarrillo entre los bigotes, pero más veces aún lo viste solo, enajenado,
deslumbrado, en distintos lugares de la casa, de pie arrimándose incesantemente
a la punta de cualquier mesa, lujosa o modesta (salvo a la de mármol de la
cocina, o a la de hierro con lirios de bronce del patio). "¿Qué hará Chango, que
no viene?" Se oían voces agudas, llamándolo. Él tardaba en separarse del
mueble. Después, cuando acudía, naturalmente nadie recordaba para qué lo
llamaban.
Tú lo espiabas, pero él también terminó por espiarte: lo descubriste el día
en que desapareció de tu pupitre la flor de plumerito, que adornó más tarde el
ojal de su chaqueta de lustrina.
Pocas veces las mujeres de la casa te dejaban sola, pero cuando había
fiestas o muertes (se parecían mucho) te encomendaban a Chango. Fiestas y
muertes consolidaron esta costumbre, que al parecer agradaba a tus padres.
"Chango es serio. Chango es bueno. Mejor que una niñera" decían en coro. "Es
claro, se entretiene con ella" agregaban. Pero yo sé que una lengua de víbora, de
las que nunca faltan, dijo: "Un hombre es un hombre, pero nada les importa a
los señores, con tal de hacer economías". " ¡Qué injusticia!", musitaban las
ruidosas tías. "Los padres de la niñita son generosos; tan generosos que pagan
un sueldo de institutriz a Chango."
Alguien murió, no recuerdo quién. Subía por el hueco del ascensor ese
apasionado olor a flores, que gasta el aire y las desacredita. La muerte, con
numerosos aparatos, llenaba los pisos bajos, subía y bajaba por los ascensores,
con cruces, cofres, coronas, palmas y atriles. En el piso alto, bajo la vigilancia de
Chango, comías chocolates que él te regaló, jugabas con el pizarrón, con el
almacén, con el tren y con la casa de muñecas. Fugaz como el sueño de un
relámpago, te visitó tu madre y preguntó a Chango si hacía falta invitar a alguna
niñita para jugar contigo. Chango contestó que no convenía, porque entre las dos
harían bulla. Un color violeta pasó por sus mejillas. Tu madre te dio un beso y
partió; sonreía, mostrando sus preciosos dientes, feliz por un instante de verte
juiciosa, en compañía de Chango.
Aquel día la cara de Chango estaba más borrosa que de costumbre: en la
calle no lo hubiéramos conocido ni tú ni yo, aunque tantas veces me lo
describiste. De soslayo lo espiabas: él, habitualmente tan erguido, arqueándose
como signos de paréntesis; ahora se arrimaba a la punta de la mesa y te miraba.
Vigilaba de vez en cuando los movimientos del ascensor, que dejaba ver a través
de la armazón de hierro negro, el paso de cables como serpientes. Jugabas con
resignada inquietud. Presentías que algo insólito había sucedido o iba a suceder
en la casa. Como un perro, husmeabas el horrible olor de las flores. La puerta
estaba abierta: era tan alta, que su abertura equivalía a la de tres puertas de un
edificio actual, pero eso no facilitaría tu huida; además, no tenías la menor
intención de huir. Un ratón o una rana no huyen de la serpiente que los quiere,
no huyen animales más grandes. Chango, arrastrando los pies, se alejó de la
mesa por fin, se inclinó sobre la balaustrada de la escalera para mirar hacia
abajo. Una voz de mujer, aguda, fría, retumbó desde el sótano:
Se agachó junto a la puerta y arrimó el ojo a la cerradura, para enseñarte
cómo había que hacer. Salió del cuarto y te dejó sola. Seguiste jugando como si
Dios te mirara, por compromiso, con esa aplicación engañosa que a veces ponen
en sus juegos los niños. Luego, sin vacilar, te acercaste a la puerta. No tuviste
que agacharte: la cerradura se encontraba a la altura de tus ojos. ¿Qué mujeres
degolladas descubrirías? El agujero de la cerradura obra como un lente sobre la
imagen vista: los mosaicos relumbraron, un rincón de la pared blanca se iluminó
intensamente. Nada más. Un exiguo chinflón hizo volar tu pelo suelto y cerrar
tus párpados. Te alejaste de la cerradura, pero la voz de Chango resonó con
imperiosa y dulce obscenidad: "Muñeca, mira, mira". Volviste a mirar. Un aliento
de animal se filtró por la puerta, no era ya el aire de una ventana abierta en el
cuarto contiguo. Qué pena siento al pensar que lo horrible imita lo hermoso.
Como tú y Chango a través de esa puerta, Píramo y Tisbe se hablaban
amorosamente a través de un muro.
Te alejaste de nuevo de la puerta y reanudaste tus juegos
mecánicamente. Chango volvió al cuarto y te preguntó: "¿Viste?" Sacudiste la
cabeza, y. tu pelo lacio giró desesperadamente. "¿Te gustó?" insistió Chango,
sabiendo que mentías. No contestabas. Arrancaste con un peine la peluca de tu
muñeca, pero de nuevo Chango estaba arrimado a la punta de la mesa, donde
tratabas de jugar. Con su mirada turbia recorría los centímetros que te
separaban de él y ya imperceptiblemente se deslizaba a tu encuentro. Te echaste
al suelo, con la cinta de la muñeca en la mano. No te moviste. Baños
consecutivos de rubor cubrieron tu rostro, como esos baños de oro que cubren
las joyas falsas. Recordaste a Chango hurgando en la ropa blanca de los roperos
de tu madre, cuando reemplazaba en sus tareas a las mujeres de la casa. Las
venas de sus manos se hincharon, como de tinta azul. En la punta de los dedos
viste que tenía moretones. Involuntariamente recorriste con la mirada los
detalles de su chaqueta de lustrina, tan áspera sobre tus rodillas. Desde
entonces verías para siempre las tragedias de tu vida adornadas con detalles
minuciosos. No te defendiste. Añorabas la pulcra flor del plumerito, tu morbosidad incomprendida, pero sentías que aquella arcana representación,
impuesta por circunstancias imprevisibles, tenía que alcanzar su meta: la
imposible violación de tu soledad. Como dos criminales paralelos, tú y Chango
estaban unidos por objetos distintos, pero solicitados para idénticos fines.
Durante noches de insomnio compusiste mentirosos informes, que
servirían para confesar tu culpa. Tu primera comunión llegó. No hallaste fórmula
pudorosa ni clara ni concisa de confesarte. Tuviste que comulgar en estado de
pecado mortal. Estaban en los reclinatorios no sólo tu familia, que era numerosa,
estaban Chango y Camila Figueira, Valeria Ramos, Celina Eyzaguirre y
Romagnoli, cura de otra parroquia. Con dolor de parricida, de condenada a
muerte por traición, entraste en la iglesia helada, mordiendo la punta de tu libro
de misa. Te veo pálida, ya no ruborizada frente al altar mayor, con los guantes
de hilo puestos y un ramito de flores artificiales, como de novia, en tu cintura. Te
buscaría por el mundo entero a pie como los misioneros para salvarte si tuvieras
la suerte, que no tienes, de ser mi contemporánea. Yo sé que durante mucho
tiempo oíste en la oscuridad de tu cuarto, con esa insistencia que el silencio
desata en los labios crueles de las furias que se dedican a martirizar a los niños,
voces inhumanas, unidas a la tuya, que decían: es un pecado mortal, Dios mío,
es un pecado mortal.
¿Cómo hiciste para sobrevivir? Sólo un milagro lo explica: el milagro de la
misericordia.
–¿La Muñeca se porta bien?
El eco, seductor cuando le decías algo, repitió sin encanto la frase.
–Muy bien –respondió Chango, que oyó resonar sus palabras en los fondos
oscuros del sótano.
–A las cinco le llevaré la leche. La respuesta de Chango:
–No hace falta: se la prepararé yo–, se mezcló con un –gracias– femenino,
que se perdió en los mosaicos de los pisos bajos. Chango volvió a entrar en el
cuarto y te ordenó:
–Mirarás por la cerradura, cuando yo esté en el cuartito de al lado. Voy a
mostrarte algo muy lindo.